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Tiempo de compartir

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El servicio social es de las pocas prácticas –obligatorias en algunos países– que fomentan el intercambio y enriquecimiento cultural entre diversas clases sociales. Va más allá de la caridad o los interminables trámites burocráticos para conseguir un título universitario; es una oportunidad de compartir y agradecer por lo que se tiene.

Lamentablemente, cuando los gobiernos imponen o utilizan el servicio social como un castigo, se pierde la noción positiva de compartir y ayudar a los demás. Así, el resto de la comunidad espera que dicha práctica sea desempeñada por una minoría que “debe aprender una lección”.

Pero, ¿en qué momento compartir se convirtió en un castigo? Porque el servicio social es justamente lo contrario. Es un intercambio humano que no requiere de papeleo ni cheques multimillonarios; su materia prima es el tiempo. Compartir es eso, es dar algo de nosotros, de nuestro tiempo.

No necesitamos poseer un bien material para compartir. Como dice el dicho popular: “Nadie es tan pobre que no pueda dar ni tan rico que no pueda recibir”. Lo más valioso que una persona tiene es su tiempo y su experiencia. Pienso en los ancianos y en la riqueza de sus pláticas; en los momentos más simples y felices que sólo ocurren cuando dos personas comparten un instante.
Entonces, ¿por qué para muchos compartir es casi una misión imposible? Gran parte del malentendido proviene del concepto que se tiene de la palabra “compartir”. Según el diccionario de la Real Academia Española, compartir es una acción en la que algo se reparte, divide o distribuye en partes iguales.


Así, la posibilidad de perder o “dividir” lo que con tanto trabajo hemos conseguido se convierte en una suerte de amenaza, que nos lleva a no querer ceder la más mínima parte de lo que tenemos o a compartir únicamente lo que nos sobra.

Compartir no consiste en firmar un cheque o comprar productos cuyas ganancias beneficiarán a una causa noble. Se trata de reconocer nuestra inmensa capacidad de dar, en el día a día, en los detalles más cotidianos. No necesitamos un programa de servicio social para comenzar a hacer algo. Aprender a compartir, implica reconocer la importancia del otro en nuestras vidas; sus carencias y la dimensión de nuestros actos en cuanto a posibilidad de cambio.


Por eso, quisiera recomendar algunas simples acciones para aprender a compartir:

Sonría Cuando vamos por la calle difícilmente miramos a los demás. Salga de su prisa cotidiana y regale todas las sonrisas que quiera. Al sonreír, reconocemos a los demás mediante un mensaje de aceptación.


Platique Paradójicamente, la televisión es nuestra mejor amiga aunque jamás nos escucha… Busque la platica de diferentes personas y comparta con ellas sus experiencias.


Abrace Siempre, en cualquier lugar y hora del día, un abrazo será lo mejor que pueda dar.


No dé dinero como limosna Sé que es un consejo que puede generar algunas controversias, pero si usted está dispuesto a gastar una cantidad de dinero para dar limosna, quizá debería pensarlo dos veces. Compre alimentos que pueda llevar en su bolso o auto, como barras de granola o jugo y leche en envase tetra pak. Contribuya para la alimentación de miles de personas que pasan días sin probar alimentos, y si éstas se niegan a recibirlos, no piense que el dinero será una mejor opción. Si puede y tiene tiempo, comparta los alimentos con la persona que le pidió ayuda, sí, en la misma mesa o banqueta.

Establezca un día a la semana para ayudar No espere a que en su país se declare un día en especifico para compartir con los demás. Elija un día de la semana en el que, conscientemente, dará algo al estilo Fito Páez, es decir, sin esperar nada a cambio. Porque, como dice la canción, “dar es dar”.





Que tengan un maravilloso fin de semana.

Escrito por: Monserrat Aurioles Márquez
el 03 de Mayo de 2008
fuente National Geographic en Español
Publilcado gracias a la colaboración de Elizabeth Genesca.
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